A finales de noviembre se lanzará el programa oficial para los festejos del Bicentenario. Una mirada retrospectiva, seguramente, acompañarán todos los eventos que marcarán el calendario festivo.
Fijaremos la vista histórica en la época austera de la independencia y el “encierro” implementado por el Dictador Dr. Francia que llevará al Paraguay a finales del siglo XIX con recursos financieros para dar cabida a los proyectos de desarrollo encarados por el presidente Carlos Antonio López, abriéndose al mundo y a los capitales extranjeros.
Comienzan a llegar europeos y entre ellos los ingleses, que además de intervenir en los diferentes procesos independentistas de nuestros países trajeron su magnífico negocio ferroviario.
Nuestro país fue uno de los primeros de Latinoamérica en instalar las vías ferroviarias y hacer uso de un medio de transporte revolucionario para la época. Algo que hasta hoy enorgullece a los paraguayos, en especial al pasar frente por el monumento colonial de la Estación Central de Asunción.
Pero también este Bicentenario será un tiempo de reflexión y no de simple añoranza y recuerdo. La desaparición del ferrocarril como medio de transporte y carga es una deuda que han tenido las generaciones paraguayas desde que se hicieron cargo de la empresa ferroviaria.
Testigos de la época relatan cómo cambió la gestión empresarial, cómo se robaba, y la mala administración del enorme capital que existía en los depósitos, talleres, almacenes, etc.
Son los mismos ancianos que hasta hoy reflejan el amor a esa institución que les permitió vivir dignamente, no sólo a ellos, sino a todo un pueblo, como el caso de Sapucay. Verdaderos artesanos del hierro, la madera y el agua, forjando una historia truncada por malas administraciones, burocracias corruptas e intereses particulares.
Pero sin ir tan lejos, hoy en pleno Asunción vemos que la misma edificación de la Estación Central está no sólo descuidada sino vendida y alquilada al mejor postor. Recientes publicaciones de un diario de circulación nacional denunció la instalación de una hamburguesería en medio del pasillo central de la estación y el alquiler del edificio de “Encomiendas”, a un extranjero que irónicamente se dedicaría a venta de antigüedades.
Contrastan las realidades, de dolor profundo e indignación de muchas personas, en especial de aquellos que supieron de los beneficios y bonanzas del ferrocarril, contra la apatía y desinterés de las generaciones capitalinas con conciencias envueltas en humo de petróleo, no de madera.
Hoy nuestro ferrocarril es un adorno mal llevado por Fepasa que avergüenza y clama, por lo menos, por la digna conservación del patrimonio histórico.



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